La conexión con Shine (Geoffrey Rush) o Black swan (Natalie Portman) es inmediata, y las 3 invitan a la pregunta de si debemos detenernos en consideraciones morales a la hora de perseguir el propósito de nuestras vidas. De plantearnos si somos una individualidad con sentimientos, relaciones, funciones, derechos y obligaciones....y además con un fin, una misión trascendental, o en cambio, ese fin y esa misión vinieron a materializarse en carne y hueso, y debe servirse de los derechos, obligaciones y relaciones para consumarse. La angustia de la inmensa gran mayoría de la humanidad pasada y presente, exceptuando claro a los solitarios genios cuya búsqueda del camino de su propia trascendencia significó un ahorro no menor, ha consistido y continúa siendo, en buena parte, la incertidumbre respecto de la misión primordial, trascendental, de cuál es el propósito primigenio de nuestra vida mientras nos espantamos por la inexorabilidad de la muerte, que nos persigue cada vez más de cerca mientras tremenda ceguera entorpece la búsqueda del tesoro.
Quizás, sólo tal vez, el cielo sea cruzar esa puerta, la del propósito realizado, sin importar los vicios despuntados, corazones deshechos o cuantas macanas nos mandamos.....y el infierno no sea otra cosa que el llamado desoído, el talento despreciado y las oportunidades inutilizadas, todo condenado al eterno vacío de lo que debió ser y no es.
Ahora, sin más, callo y vuelvo a ver el solo magnífico de Whiplash, que sintetiza la más pura obstinación por alcanzar lo que debemos alcanzar en virtud de la realización.
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