Hace 12 años tuve la experiencia de ver “La naranja mecánica”, obra maestra del cine.
Aquella vez, debido a mi puerilidad (que no excluye el hecho de que hoy todavía, a mis 28, siga siendo un inmaduro, mas con algunos elementos adicionales), experimenté genialidad cinematográfica, obviamente en la dosis que mis 16 o 17 años me permitieron.
Aquella vez quedé impactado con el uso de colores, recuerdo haberme enamorado con el impacto visual, con las escenas ultraviolentas, y con aquella extraña pero majestuosa asociación con la música de Beethoven, con la Novena. Entonces no podía creer que se tratara de un filme de comienzos de los ’70. Con mi infinita finitud pude deducir que se trataba de una obra de avanzada, de un salto olímpico al futuro, una futurología no sólo conceptual, sino que la obra en sí parecía traída no solo del futuro de aquél pasado, más aún del futuro de nuestro presente. Pero allá y allí donde “videé” el filme, mis limitaciones de aquél entonces no me permitieron apreciar tanto el “qué” o el “por qué” , más que el “cómo” ilustraba las escenas.
No es que hoy día esté cargado de sabiduría, de ciencia y de conocimiento. Mas, es evidente que estos 11 o 12 años que pasaron, significaron una acumulación, muy pequeña quizá, de experiencias personales, de lectura, de internalización de algunos conceptos filosóficos, jurídicos, sociológicos, existenciales, culturales, y demás…
Esta vez sentí ver la película de manera tridimensional, si se permite el término. Cómo Kubrick me empujó dentro de la caja, no lo sé. Pero allí estaba. Al lado del “sufriente” narrador, invadido de una angustia desintegradora, una experiencia tan aterradora como verosímil. No necesité demandar las posibilidades “3D” del televisor, no necesité lentes especiales. Sólo estaba allí, muy cerquita de los drugos, de las violaciones y los homicidios, de la tortura infernal, de la miseria total.
Me invadió y me invade la convicción de que, y sin desestimar ni abofetear a los Feuerbach, a los Von Liszt, Kant, ni al prolífico Zaffaroni….a la hora de enseñarles a los estudiantes de derecho sobre teorías de la pena, valdría el intento de antes que nada, ilustrarlos con “Clockwork Orange”. Y no porque todos los autores sean inútiles al hablarnos de la retribución, de la reeducación, de la prevención general o especial, o del inverosímil “agnosticismo” del autor nacional. En absoluto. Los intelectuales alemanes fueron eso, intelectuales, genios en su exposición, ellos sentaron postura. Escribieron libros que los académicos y los juristas recurren con justa razón. Y así debe ser. Pero creo en que una imagen vale más que muchas palabras. Y ni hablar de una secuencia de imágenes tan ideales en su medida y composición. Un complemento de imágenes y letras sería esencial para que los estudiantes puedan visualizar aquellas teorías.
Muy probablemente lo que estoy sugiriendo ya se hizo. No fui a Harvard ni a Oxford. No. Ni siquiera terminé la carrera de abogacía. Pude aprobar Derecho Penal en una buena cátedra. Más nunca pusieron ese filme en el aula.
El filme no se detiene, y aquí una de las perspectivas de su genialidad, en la crítica al sistema carcelario. Es el guion del “Vigilar y Castigar” de M. Foucault, al menos en lo respectivo a los “suplicios”, por supuesto modernizados por Stanley, actualizados a estos tiempos. Por supuesto que hoy día no existen los “Experimentos Ludovico” de la manera que muestra el filme. Pero obviamente, caer en esa trampa sería de pecar de demasiado literales. No hay que olvidarse de las lobotomías, de los intentos fútiles que se han hecho para encontrar alternativas al sistema carcelario. Siglo XXI y seguimos con la propuesta del encerramiento. No es una crítica, el que escribe estas líneas lejos de ser un genio es una persona de inteligencia promedio, incapaz de pensar en un destino diferente a los que matan, a los que violan, a los que gozan del sufrimiento ajeno.
Pero, y esto sí se lo debo a Zaffaroni, en el país en el que vivo, la República Argentina, los criminales del tipo “Pequeño Alex”, estereotipo si la medicina me permite decirlo, del “psicópata” es una pequeñísima cuota de la población carcelaria. No así de la población “libre”. Y aquí el acierto del jurista en la afirmación de que el aparato estatal se concentra en aplastar las “ratas” de los estratos bajos, en aglutinarlas y hacinarlas en lugares oscuros y podridos, al mismo tiempo que encuentra salidas legales para los delincuentes con poder adquisitivo, con un “statu quo”, una aristocracia que permite que si algún miembro de esta elite, esté un poco desquiciado, encuentre placer en hacer daño a algunos “inferiores”, tenga la posibilidad de tomar algún que otro antisicótico o pasar unos días, en el peor de los casos, algunos meses en algún spa lujoso donde con una dosis módica de pildoritas, se “recupere” de su desequilibrio “transitorio” y pueda volver a la comunidad de élite. En algún caso, el castigo podría ser severo si se tratase de un homicidio alevoso, de un crimen aberrante que sea demasiado tentador para el cuarto poder, en cuyo caso los poderosos deciden dejar a su propia suerte al miembro del clan que pecó de la estupidez de no pasar inadvertido. Pero si no pasó inadvertido, la causa probable es que se haya metido con una víctima inadecuada, en que haya desconocido que ese muerto, esa violada, o esa estafa se la produjo a una familia también con cierto poder de fuego. Otra posibilidad es que el daño fuera hacia otro miembro del clan aristocrático.
Por supuesto que mi observación es sólo casuística y no general. Pero cuando me refiero a la aristocracia, no me detengo en la aristocracia en su concepto clásico de familias adineradas con antepasados ricos. Hoy, al menos en nuestro país, los funcionarios del Estado son aristócratas, son también del “jockey club” , ellos gozan también de la inmunidad e indemnidad. Y esto va más allá de prerrogativas constitucionales, no cuestiono fueros, aparte la legislación aprueba arrestos inmediatos para crímenes cometidos “con las manos en la masa”, o dicho con más estilo “infraganti”. Mas cuando no son sorprendidos “a la luz del día” , cuando cometen crímenes protegidos por el “anonimato” de los famosos, y luego, por investigación, pueda arribar la posibilidad de una indagación o una imputación, (lo que “desgraciadamente” le ocurre a una porción ínfima de los criminales “de guante blanco”) en ese mismo instante se desplega toda la maquinaria consistente en cobrar favores, en contratación de los abogados más cotizados y con trato zalamero con gran cantidad de magistrados. Entonces, si la cuestión llegase a los estrados, esos funcionarios, esos empresarios ligados al poder de los poderes, esos hijos de ricachones, encontrarán el respaldo de las garantías constitucionales que tan cuestionadas son cuando se piden para los “perejiles”. Escucharemos del “in dubio pro reo”, el beneficio de la duda, se pondrá bajo la lupa mejor fabricada, todas las pruebas que pudieran incriminar al imputado. Pero si ninguna de estas herramientas alcanzara para exonerar, se podrá pedir el auxilio de la medicina, intentar la insania, y en última instancia, esperar el favor del magistrado “sorteado”, más aún si éste fuera funcional al poder estatal. Todos los intentos del defensor no están discutidos, es su labor. El problema surge porque las mismas contemplaciones, la misma fuerza relativista que se le brinda al poderoso, se le niegan al villero, al común de los comunes, al perejil. Con la “lacra” no se admiten esas garantías. Se discuten dogmáticamente hasta las últimas consecuencias. Por supuesto, en la mayoría de los casos, el disfavor del juez es evidente, los atenuantes se vuelven agravantes. No hace falta toda esta palabrería, solo basta con ver la población carcelaria. Con ellos, el valor probatorio de un indicio es suficiente para encerrarlos y hacinarlos, institucionalizarlos. Lo más escandaloso y paradigmático de todo este meollo, es que, asumiendo que el imputado pobre fuera realmente el autor del delito, los que fagocitan el monstruo criminal son justamente los del jockey club, son los poderosos, funcionarios estatales, magnates de medios de comunicación y secuaces, son los productores de la corrupción tanto pública como privada, malhechores que se transportan en automóviles privados quedándose con las oportunidades de ser de aquellas personas que terminan tras las rejas. En muchas oportunidades, aquel imputado poderoso que mencioné supra, implica el costo de mil reos malolientes. Quede en claro que esta reflexión no alcanza a los crímenes de índole sexual provocados por abusadores como el pequeño Alex. Tampoco alcanza a los psicópatas. Pero como me expresé párrafos atrás, el fenómeno de los psicópatas es minúsculo en las cárceles argentinas en comparación con los criminales cuyos delitos fueron cometidos presa de consumo de estupefacientes comercializados en la villa en donde crecieron, criminales ladrones de minimercados, así también como violentos asaltantes de familias de clase media acomodada, asesinos brutales, muchos, sí, pero no psicópatas. Sí en cambio trastornados por un capitalismo mal aplicado que arroja marginación, y la marginación, se vuelca en violencia. Esto no exonera de ninguna manera a esos trastornados. Ellos merecen un castigo, por supuesto. Pero también merecen que sus herederos, si los tienen, tengan la posibilidad de elección. Como dice el cura en “La naranja” , cuando el hombre pierde la posibilidad de elegir, deja de ser hombre. Es un fenómeno alienante, deformante, que se traduce en la realidad que vivimos en este país. Creo en el capitalismo, quizá porque no sea un genio, un visionario que vea posible un sistema económico alternativo viable. Los que se propusieron, se sabe dónde terminaron. Pero en ningún momento el capitalismo sugiere la desviación de fondos públicos, incentiva el soborno, la coima, la estafa, el secuestro extorsivo de oportunidades laborales. Extorsivo aquí porque se amenaza con la prisión o el hambre a los que no acepten trabajar por debajo del mínimo. Y no me refiero al mínimo nominal, sino al real. Al real poder adquisitivo de esas migajas que les tiran. Y eso en el caso de empleo, en blanco, negro o el color que prefieran. Si no es eso, es asistir a marchas proselitistas y clientelistas por una recompensa que se huele mejor de lo que se sabe. Aun suponiendo que serán varias monedas, a más de ser dinero sucio, es alimento carente de la energía que se pretende para lograr la salud necesaria para vivir dignamente, simplemente porque en este caso, no es fruto del esfuerzo genuino, del trabajo. En un caso, o en otro, el elemento faltante es la educación. Que también fue secuestrada.
Mi desvío del tema original, del significado o los significados de “Clockwork” fue total. Excesivo. Pero es que el filme hoy me inundó de todo esto. Mis errores de sintaxis, entre otros, me llevan a decir ahora lo que debí aclarar antes. Los suplicios de Alex, las torturas de Ludovico, hoy día fueron incluidos de manera un poco más sutil dentro del sistema carcelario. Es verdad que no son suplicios al estilo medioevo, no se arrancan extremidades usando caballos galopando a las cuatro direcciones, no se arroja aceite hirviendo sobre el cuerpo, no se degolla en plaza pública, pero como bien muestra la película, y de lo que bien habla Foucault, ahora el suplicio es espiritual, es psíquico, es mental. Es invitar a todos los demonios y brujas a las celdas mugrientas, es hacer “una Noche de Walpurguis” en los muros, con Mefistófeles dándose una vuelta y regodeándose de la autodestrucción de los reos. No hay nada de teorías “re” aquí, no.
Esto no es así ahora, no descubro absolutamente nada. Cuando “Vigilar y castigar” hablaba en ese entonces de la nueva categoría de sufrimiento, ya no físico, sino psíquico, ya existían las cárceles. Existen hace tiempo. No por nada, ya allá en los 70, el pequeño Alex quería salir de ese lugar espantoso, por supuesto con toda su inteligencia dañosa y su patología implicadas en la serie de estrategias para ser el elegido del tratamiento. Sin saber que los 15 días en la clínica serían la peor pesadilla de su vida. Hoy, todo ese suplicio que sufrió el pequeño con el tratamiento “reformatorio” es parte de la fisonomía de nuestras prisiones. Lo peor de todo, es justamente ese calificativo. Es la hipocresía de la reeducación, de la reinserción, la readaptación, re , re ,re. La “Naranja” nos deja o nos recuerda la enseñanza de llamar a cada cosa por su nombre. Cárcel es castigo, es daño por daño, golpe por golpe, ojo por ojo. No es nada re. O sí. RE-TRIBUCIÓN. Si algún alma noble intenta ayudar a un reo, darle lo mejor de sí, corre por su cuenta. No es la política del estado. No propongo destruir las cárceles ni liberar reos. Pero qué bueno sería, dentro de lo malo, que habiten esos muros solamente los pequeños Alex, solamente los que eligieron con sus actos terminar ahí, con el menor condicionamiento exógeno posible. Cuanto creceríamos como sociedad y como civilización, permitiendo una mayor capacidad de elección, aumentando la alícuota del libre albedrio en relación inversamente proporcional con la creación de miseria y caldos de cultivo del crimen por parte de las corporaciones poderosas.
Bravo Stanley Kubrick. Me hiciste ver 42 años después de tu creación, a mí, un grano de arena, cosas que no había visto con el mismo filme hace 12. Y muy probablemente dentro de unos años, encuentre otros elementos fascinantes. Es lo que sucede con las obras maestras, con “La naranja mecánica” o “Expreso de Medianoche”, “1984” y muchas más, que ratifican al cine como bella arte.
Un blog más de pensamiento crítico sobre fútbol, cine, libros, política, arte. En fín, sobre la experiencia humana en la Tierra.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Clockwork Orange: Segunda Experiencia
Hace 12 años tuve la experiencia de ver “La naranja mecánica”, obra maestra del cine.
Aquella vez, debido a mi puerilidad (que no excluye el hecho de que hoy todavía, a mis 28, siga siendo un inmaduro, mas con algunos elementos adicionales), experimenté genialidad cinematográfica, obviamente en la dosis que mis 16 o 17 años me permitieron.
Aquella vez quedé impactado con el uso de colores, recuerdo haberme enamorado con el impacto visual, con las escenas ultraviolentas, y con aquella extraña pero majestuosa asociación con la música de Beethoven, con la Novena. Entonces no podía creer que se tratara de un filme de comienzos de los ’70. Con mi infinita finitud pude deducir que se trataba de una obra de avanzada, de un salto olímpico al futuro, una futurología no sólo conceptual, sino que la obra en sí parecía traída no solo del futuro de aquél pasado, más aún del futuro de nuestro presente. Pero allá y allí donde “videé” el filme, mis limitaciones de aquél entonces no me permitieron apreciar tanto el “qué” o el “por qué” , más que el “cómo” ilustraba las escenas.
No es que hoy día esté cargado de sabiduría, de ciencia y de conocimiento. Mas, es evidente que estos 11 o 12 años que pasaron, significaron una acumulación, muy pequeña quizá, de experiencias personales, de lectura, de internalización de algunos conceptos filosóficos, jurídicos, sociológicos, existenciales, culturales, y demás…
Esta vez sentí ver la película de manera tridimensional, si se permite el término. Cómo Kubrick me empujó dentro de la caja, no lo sé. Pero allí estaba. Al lado del “sufriente” narrador, invadido de una angustia desintegradora, una experiencia tan aterradora como verosímil. No necesité demandar las posibilidades “3D” del televisor, no necesité lentes especiales. Sólo estaba allí, muy cerquita de los drugos, de las violaciones y los homicidios, de la tortura infernal, de la miseria total.
Me invadió y me invade la convicción de que, y sin desestimar ni abofetear a los Feuerbach, a los Von Liszt, Kant, ni al prolífico Zaffaroni….a la hora de enseñarles a los estudiantes de derecho sobre teorías de la pena, valdría el intento de antes que nada, ilustrarlos con “Clockwork Orange”. Y no porque todos los autores sean inútiles al hablarnos de la retribución, de la reeducación, de la prevención general o especial, o del inverosímil “agnosticismo” del autor nacional. En absoluto. Los intelectuales alemanes fueron eso, intelectuales, genios en su exposición, ellos sentaron postura. Escribieron libros que los académicos y los juristas recurren con justa razón. Y así debe ser. Pero creo en que una imagen vale más que muchas palabras. Y ni hablar de una secuencia de imágenes tan ideales en su medida y composición. Un complemento de imágenes y letras sería esencial para que los estudiantes puedan visualizar aquellas teorías.
Muy probablemente lo que estoy sugiriendo ya se hizo. No fui a Harvard ni a Oxford. No. Ni siquiera terminé la carrera de abogacía. Pude aprobar Derecho Penal en una buena cátedra. Más nunca pusieron ese filme en el aula.
El filme no se detiene, y aquí una de las perspectivas de su genialidad, en la crítica al sistema carcelario. Es el guion del “Vigilar y Castigar” de M. Foucault, al menos en lo respectivo a los “suplicios”, por supuesto modernizados por Stanley, actualizados a estos tiempos. Por supuesto que hoy día no existen los “Experimentos Ludovico” de la manera que muestra el filme. Pero obviamente, caer en esa trampa sería de pecar de demasiado literales. No hay que olvidarse de las lobotomías, de los intentos fútiles que se han hecho para encontrar alternativas al sistema carcelario. Siglo XXI y seguimos con la propuesta del encerramiento. No es una crítica, el que escribe estas líneas lejos de ser un genio es una persona de inteligencia promedio, incapaz de pensar en un destino diferente a los que matan, a los que violan, a los que gozan del sufrimiento ajeno.
Pero, y esto sí se lo debo a Zaffaroni, en el país en el que vivo, la República Argentina, los criminales del tipo “Pequeño Alex”, estereotipo si la medicina me permite decirlo, del “psicópata” es una pequeñísima cuota de la población carcelaria. No así de la población “libre”. Y aquí el acierto del jurista en la afirmación de que el aparato estatal se concentra en aplastar las “ratas” de los estratos bajos, en aglutinarlas y hacinarlas en lugares oscuros y podridos, al mismo tiempo que encuentra salidas legales para los delincuentes con poder adquisitivo, con un “statu quo”, una aristocracia que permite que si algún miembro de esta elite, esté un poco desquiciado, encuentre placer en hacer daño a algunos “inferiores”, tenga la posibilidad de tomar algún que otro antisicótico o pasar unos días, en el peor de los casos, algunos meses en algún spa lujoso donde con una dosis módica de pildoritas, se “recupere” de su desequilibrio “transitorio” y pueda volver a la comunidad de élite. En algún caso, el castigo podría ser severo si se tratase de un homicidio alevoso, de un crimen aberrante que sea demasiado tentador para el cuarto poder, en cuyo caso los poderosos deciden dejar a su propia suerte al miembro del clan que pecó de la estupidez de no pasar inadvertido. Pero si no pasó inadvertido, la causa probable es que se haya metido con una víctima inadecuada, en que haya desconocido que ese muerto, esa violada, o esa estafa se la produjo a una familia también con cierto poder de fuego. Otra posibilidad es que el daño fuera hacia otro miembro del clan aristocrático.
Por supuesto que mi observación es sólo casuística y no general. Pero cuando me refiero a la aristocracia, no me detengo en la aristocracia en su concepto clásico de familias adineradas con antepasados ricos. Hoy, al menos en nuestro país, los funcionarios del Estado son aristócratas, son también del “jockey club” , ellos gozan también de la inmunidad e indemnidad. Y esto va más allá de prerrogativas constitucionales, no cuestiono fueros, aparte la legislación aprueba arrestos inmediatos para crímenes cometidos “con las manos en la masa”, o dicho con más estilo “infraganti”. Mas cuando no son sorprendidos “a la luz del día” , cuando cometen crímenes protegidos por el “anonimato” de los famosos, y luego, por investigación, pueda arribar la posibilidad de una indagación o una imputación, (lo que “desgraciadamente” le ocurre a una porción ínfima de los criminales “de guante blanco”) en ese mismo instante se desplega toda la maquinaria consistente en cobrar favores, en contratación de los abogados más cotizados y con trato zalamero con gran cantidad de magistrados. Entonces, si la cuestión llegase a los estrados, esos funcionarios, esos empresarios ligados al poder de los poderes, esos hijos de ricachones, encontrarán el respaldo de las garantías constitucionales que tan cuestionadas son cuando se piden para los “perejiles”. Escucharemos del “in dubio pro reo”, el beneficio de la duda, se pondrá bajo la lupa mejor fabricada, todas las pruebas que pudieran incriminar al imputado. Pero si ninguna de estas herramientas alcanzara para exonerar, se podrá pedir el auxilio de la medicina, intentar la insania, y en última instancia, esperar el favor del magistrado “sorteado”, más aún si éste fuera funcional al poder estatal. Todos los intentos del defensor no están discutidos, es su labor. El problema surge porque las mismas contemplaciones, la misma fuerza relativista que se le brinda al poderoso, se le niegan al villero, al común de los comunes, al perejil. Con la “lacra” no se admiten esas garantías. Se discuten dogmáticamente hasta las últimas consecuencias. Por supuesto, en la mayoría de los casos, el disfavor del juez es evidente, los atenuantes se vuelven agravantes. No hace falta toda esta palabrería, solo basta con ver la población carcelaria. Con ellos, el valor probatorio de un indicio es suficiente para encerrarlos y hacinarlos, institucionalizarlos. Lo más escandaloso y paradigmático de todo este meollo, es que, asumiendo que el imputado pobre fuera realmente el autor del delito, los que fagocitan el monstruo criminal son justamente los del jockey club, son los poderosos, funcionarios estatales, magnates de medios de comunicación y secuaces, son los productores de la corrupción tanto pública como privada, malhechores que se transportan en automóviles privados quedándose con las oportunidades de ser de aquellas personas que terminan tras las rejas. En muchas oportunidades, aquel imputado poderoso que mencioné supra, implica el costo de mil reos malolientes. Quede en claro que esta reflexión no alcanza a los crímenes de índole sexual provocados por abusadores como el pequeño Alex. Tampoco alcanza a los psicópatas. Pero como me expresé párrafos atrás, el fenómeno de los psicópatas es minúsculo en las cárceles argentinas en comparación con los criminales cuyos delitos fueron cometidos presa de consumo de estupefacientes comercializados en la villa en donde crecieron, criminales ladrones de minimercados, así también como violentos asaltantes de familias de clase media acomodada, asesinos brutales, muchos, sí, pero no psicópatas. Sí en cambio trastornados por un capitalismo mal aplicado que arroja marginación, y la marginación, se vuelca en violencia. Esto no exonera de ninguna manera a esos trastornados. Ellos merecen un castigo, por supuesto. Pero también merecen que sus herederos, si los tienen, tengan la posibilidad de elección. Como dice el cura en “La naranja” , cuando el hombre pierde la posibilidad de elegir, deja de ser hombre. Es un fenómeno alienante, deformante, que se traduce en la realidad que vivimos en este país. Creo en el capitalismo, quizá porque no sea un genio, un visionario que vea posible un sistema económico alternativo viable. Los que se propusieron, se sabe dónde terminaron. Pero en ningún momento el capitalismo sugiere la desviación de fondos públicos, incentiva el soborno, la coima, la estafa, el secuestro extorsivo de oportunidades laborales. Extorsivo aquí porque se amenaza con la prisión o el hambre a los que no acepten trabajar por debajo del mínimo. Y no me refiero al mínimo nominal, sino al real. Al real poder adquisitivo de esas migajas que les tiran. Y eso en el caso de empleo, en blanco, negro o el color que prefieran. Si no es eso, es asistir a marchas proselitistas y clientelistas por una recompensa que se huele mejor de lo que se sabe. Aun suponiendo que serán varias monedas, a más de ser dinero sucio, es alimento carente de la energía que se pretende para lograr la salud necesaria para vivir dignamente, simplemente porque en este caso, no es fruto del esfuerzo genuino, del trabajo. En un caso, o en otro, el elemento faltante es la educación. Que también fue secuestrada.
Mi desvío del tema original, del significado o los significados de “Clockwork” fue total. Excesivo. Pero es que el filme hoy me inundó de todo esto. Mis errores de sintaxis, entre otros, me llevan a decir ahora lo que debí aclarar antes. Los suplicios de Alex, las torturas de Ludovico, hoy día fueron incluidos de manera un poco más sutil dentro del sistema carcelario. Es verdad que no son suplicios al estilo medioevo, no se arrancan extremidades usando caballos galopando a las cuatro direcciones, no se arroja aceite hirviendo sobre el cuerpo, no se degolla en plaza pública, pero como bien muestra la película, y de lo que bien habla Foucault, ahora el suplicio es espiritual, es psíquico, es mental. Es invitar a todos los demonios y brujas a las celdas mugrientas, es hacer “una Noche de Walpurguis” en los muros, con Mefistófeles dándose una vuelta y regodeándose de la autodestrucción de los reos. No hay nada de teorías “re” aquí, no.
Esto no es así ahora, no descubro absolutamente nada. Cuando “Vigilar y castigar” hablaba en ese entonces de la nueva categoría de sufrimiento, ya no físico, sino psíquico, ya existían las cárceles. Existen hace tiempo. No por nada, ya allá en los 70, el pequeño Alex quería salir de ese lugar espantoso, por supuesto con toda su inteligencia dañosa y su patología implicadas en la serie de estrategias para ser el elegido del tratamiento. Sin saber que los 15 días en la clínica serían la peor pesadilla de su vida. Hoy, todo ese suplicio que sufrió el pequeño con el tratamiento “reformatorio” es parte de la fisonomía de nuestras prisiones. Lo peor de todo, es justamente ese calificativo. Es la hipocresía de la reeducación, de la reinserción, la readaptación, re , re ,re. La “Naranja” nos deja o nos recuerda la enseñanza de llamar a cada cosa por su nombre. Cárcel es castigo, es daño por daño, golpe por golpe, ojo por ojo. No es nada re. O sí. RE-TRIBUCIÓN. Si algún alma noble intenta ayudar a un reo, darle lo mejor de sí, corre por su cuenta. No es la política del estado. No propongo destruir las cárceles ni liberar reos. Pero qué bueno sería, dentro de lo malo, que habiten esos muros solamente los pequeños Alex, solamente los que eligieron con sus actos terminar ahí, con el menor condicionamiento exógeno posible. Cuanto creceríamos como sociedad y como civilización, permitiendo una mayor capacidad de elección, aumentando la alícuota del libre albedrio en relación inversamente proporcional con la creación de miseria y caldos de cultivo del crimen por parte de las corporaciones poderosas.
Bravo Stanley Kubrick. Me hiciste ver 42 años después de tu creación, a mí, un grano de arena, cosas que no había visto con el mismo filme hace 12. Y muy probablemente dentro de unos años, encuentre otros elementos fascinantes. Es lo que sucede con las obras maestras, con “La naranja mecánica” o “Expreso de Medianoche”, “1984” y muchas más, que ratifican al cine como bella arte.
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