jueves, 26 de enero de 2017

Desvarío sin muros

En el contexto histórico en el que vivimos y del que relativamente podemos hacernos cargo quienes no manipulamos poder, lo que nos dejan es la palabra, que raras veces (no tendría por qué) entre los gritos mediáticos y la seducción publicitaria, suele influir en los demás y si lo hace, es en un número ínfimo que igual resulta satisfactorio, si genera al menos una reflexión. El gobierno actual no merece mi aprobación como no lo hizo el anterior ni el anterior a ese. Y no le importa a nadie. Lo mismo aplica a casi todos los mortales que en individualidad no representamos más que un guarismo que toma valor cuando se mide en boletas y se traduce en números agregados. No sé, por otro lado, cuánto de mi opinión es un reciclado de voces de radio, tv e Internet y en qué medida puedo contrastar mi punto de vista si no soy un ordenador que decodifica la realidad global y el entramado global de relaciones sociales, políticas y económicas con algún algoritmo simil al ficticio Pi en la película homónima, que permitía conocer y prever los movimientos bursátiles en función a una colección millonaria de datos. Con lo único que cuento y no sé si cuento es con mi sentido común, el menos común de los sentidos.

No suelo ver TV argentina pero no dejo de estar sumergido en las novedades que se reemplazan tan fugazmente como un tweet. La mayoría se contraponen entre sí, porque no son noticias que relaten un hecho más o menos claro, sino construcciones dialécticas que se visten de verdad material u objetiva y lo hacen prácticamente gritando y desmantelando otra construcción previa o coetánea que asumió el mismo comportamiento. Entonces uno no sabe bien dónde está parado bajo una mirada que trascienda el individualismo pero debajo de lo existencial. Es decir, en qué mundo realmente vivimos. En el medio de todo eso, no escapan de mi retina 3 sí noticias que veo relacionadas. La primera es del año pasado y se trata del llamado “Brexit” que no es más ni menos que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. La segunda, el triunfo de Donald Trump (después de las razones del Brexit no me sorprendió tanto) y su promesa de construir un muro que separe a los Estados Unidos de México. La última tiene que ver con la reforma en materia inmigración que planea el gobierno actual. Las 3 hacen eje en el mismo sujeto y objeto a la vez: el extranjero.
Meses atrás escuchamos algunos las declaraciones Piccheto, que sonaron fuerte en los tímpanos por una honestidad desacostumbrada en la política. Más allá de la polémica instalada hace rato, de tintes xenófobos, presentes en el Reino Unido, en Estados Unidos y en la Argentina, como en varios territorios más, es un tema a abordar con seriedad. La Argentina dejó hace décadas de ser un país prometedor para volverse un lugar caótico donde se puede extraer riqueza porque la tierra es extensa y generosa, pero hundida en el autosabotaje de quienes la habitamos. Que no la cuidamos como familia porque del odio intestino entre nosotros, los argentinos, supieron y hasta ahora saben aprovecharse los de afuera.

Este gobierno en un año de gestión no ha hecho nada para acortar la brecha que nos separa a unos de otros, a los de acá con los de allá. No voy a dejar de señalar que el concepto “peronista” debe desaparecer, porque resulta bochornoso que un modelo se sostenga en un apellido de un mortal que es mortal hace 42 años. En el afuera no conozco (perdón mi ignorancia si existe) modelos exitosos que lleven inserto un apellido. Sí en Estados Unidos ha existido el Macartismo, pero lejos está de ser un término positivo. Se puede citar el fordismo, como un modelo pero de producción, no una idea de país. Ella no puede estar atada a nadie y debe estar construida entre todos. Tampoco pienso que nos debamos reducir a su alternativa en el conservadurismo, tan real como el peronismo y que se ve presente en varias medidas del gobierno, sobre todo en lo económico y reflotando la importancia aislada pero así vacua de ideas como baja inflación, inversiones, 0 pobreza. La verdad es que existen muchos matices, muchos grises en los que nos ubicamos la gran mayoría de argentinos, pero que debido a los títulos de cartelera nos vemos obligados a soportar la polarización y muchos conmovidos en su rechazo hacia la deshonestidad y poca transparencia de un modelo se han visto compulsos a derrocarlo por su rival, que no es más ni menos amigo que los que estaban. Pareciera que nos vemos arrastrados a sufrir un maniqueo entre “policía bueno, policía malo” donde siempre somos prisioneros de la autoridad.

En ese (des)orden de ideas, surge el problema del extranjero. Real y conveniente al mismo tiempo. Conveniente porque como muchos otros temas “novedades”, resultan oportunos para desviar la atención del verdadero problema. Real porque paradójicamente, no podemos ayudar a los de afuera sin resolver nuestros problemas principales. Uno de ellos es el crecimiento de la droga, juntamente con la delincuencia (desde arriba hacia abajo) en formas cada vez más violentas, en parte por el auxilio de aquella en barrer todo límite aprehendido o intuitivo que el ser humano tiene para evitar aniquilar a otro. Por otro lado, uno sueña con un statu ideal donde pueda visitar cualquier lugar del planeta sin tener que pagar más que los viáticos y los gastos usuales. Que de surgir un inconveniente o necesidad, el anfitrión nos brinde ayuda gratuita de la índole que sea, estudiantil/académica, médica o laboral. La realidad es que sobre todo en los dos primeros asuntos, hay grandes restricciones económicas hacia el huésped no del todo afortunado que le significan un muro casi infranqueable. Mientras, en nuestro país muchos futuros profesionales se nutren gratuitamente de universidades de relativa buena calidad para luego usufructuar su sapienza adquirida en otros territorios con más cartel y mejores pagos que el nuestro. La salud es otra cuestión pues hay médicos buenos como malos pasando por toda la gama posible, pero los buenos pueden ser muy buenos y en muchos casos atienden en hospitales gratuitos para el público local y foráneo sin distinciones ni prioridades. Todo esto financiado por un Estado que ya pierde dinero en corrupción y gran parte en malas decisiones, y que además, no recibe un trato recíproco cuando nuestros habitantes pisan suelo extranjero y se encuentran con un problema de salud y sin “Assist Card”. Y eso que me he referido a los visitantes legales.

Por eso y como primer paso, celebro con moderación las medidas de este gobierno relativas al control de fronteras. Ojalá sea efectivo. Porque ya tenemos demasiado con nuestros delincuentes para tener que tolerar calles y cárceles (dinero público para mantenerlas) de delincuentes ajenos. Todo lo dicho lo considero desprejuiciado. Tengo claro que el problema no es el extranjero, pero para empezar a solucionar nuestros problemas no podemos ocuparnos de los que son de otro lugar. No hay ni medios, ni dinero ni motivo razonable que exprese lo contrario.

Ahora bien, esta es mi opinión y no puedo ni quiero hacerme cargo de los que llegan a las mismas conclusiones pero por motivos distintos, como odios de color, de etnia o simplemente, de rechazos a lo diferente. Ni acá ni en Europa o en Estados Unidos. En el país del norte, la xenofobia es un fenómeno que nació casi simultáneamente con el racismo importado de Europa, mezcla de verdaderos rechazos al color oscuro con mucho de oportunismo económico (qué mejor que la mano de obra sea gratuita dirán). Hay de eso y hay de constante flujo y transformación tecnológica, de la que viejos y no tan viejos empleados norteamericanos e ingleses han visto cómo los arrolló, los dejó sin empleo y casi al mismo tiempo extranjeros hábiles con las nuevas olas digitales los reemplazaron con eficacia. Mi conocimiento no es cabal sobre todos los motivos pero claramente el expuesto viene acompañado de otros, ya sea neurosis fóbicas situadas en cabeza del inmigrante, racismos minimalistas, etc.
Si la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea ha supuesto un duro golpe a la cooperación multinacional de los pueblos para una humanidad más humana (al menos en la intención) y en favor del miedo y la ignorancia, la amenaza de otro Muro (The Wall) que separe al hombre de sí mismo, que ponga una barrera a la razón a base de ladrillos de miedo, ignorancia y odio es realmente preocupante. Sobre todo porque a través de recuerdos no muy lejanos tenemos el de Berlín y lo que significó para los alemanes y el mundo entero. El derribo de esa pared como ilusión de un humano hermanado es eso, una ilusión, un espejismo.

Todavía me domina el escepticismo. No creo que esa pared finalmente se levante. Pero resulta llamativamente peligroso volver a pensar en esas alternativas que nos sitúan más cerca de esos apocalipsis de de ciencia ficción. Un futuro distópico que sentimos por momentos que está a la vuelta de la esquina con estas insinuaciones (paranoia en la gente, oportunismo en los políticos) y a veces nos podemos reír por lo bizarro, absurdo y lejano e improbable. Aun así quisiera viajar a un no tan lejano pasado y preguntar si se imaginaban que una nación podía aniquilar millones de vidas con un artefacto atómico basado en una fórmula destinada a beneficiar. Que un hombre podía captar la atención de millones de personas enojadas para enarbolar una bandera de superioridad racial, barriendo con Zyclon B y campos de concentración a los culpables designados. O que éstos o parte de ellos, una vez obtenido un territorio pusieran en práctica juegos del hambre terroríficos en otro terreno. O que las corporaciones económicas penetrarían el bien más esencial del hombre, que es su salud, para manipularla y servir de control social. Las guerras existen desde el asentamiento arbitrario del hombre en un territorio dado y sus deseos de expandirse, su ambición desmedida perdiendo de vista su propia mortalidad. Existen desde que unos tomaron algo y otros fueron sustraídos. O algunos tuvieron y otros se preguntaron en virtud de que título valedero podían restringir su uso compartido. En todo caso se crearon normas que permitieron armonizar más o menos la propiedad adquirida con aquellos ajenos a esa propiedad. Reglas que se rompieron cuando se detectó que la norma era un instrumento de quién poseía para que otro no poseyera, cuando se conquistó lo que no era propio haciendo uso de una mejor fuerza de destrucción, y por muchos motivos más, de tierra o de sangre. El problema en este mundo interconectado de reacciones en cadena que generan más destrucción que prosperidad es que hoy algunos países detentan poder de aniquilamiento masivo. Y que si alguno con este poder se enoja con lo que hace uno de estos otros países con la misma fuerza puede que no haya guerra fría ni vil muro que frenen la extinción fugaz del hombre en la Tierra porque no quede Tierra. Ni propia ni ajena.

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